Código de ética

Octubre 12, 2016
Por María Teresa Carbajal Vázquez
“Debo no niego; pago lo justo”

Hace alrededor de 8 años, recibir cartas de cobro por parte de los despachos de cobranza de un banco, en el domicilio de alguien caído en moratoria, todavía generaba incertidumbre y temor a ser enviados a la cárcel o ser embargados si se daba el caso de no pagar. Lo refiero como tiempo pasado, porque ahora son mayoría quienes piensan que si hacen caso omiso, no se cumplirán esas amenazas.

En aquellos años, las amenazas en caso de insistir en la conducta de negativa a pagar por parte del deudor, iban en aumento, y se combinaban (para un mejor resultado en la cobranza) entre correspondencia, visitas domiciliarias y llamadas telefónicas no sólo al deudor sino a sus referencias, a estas últimas se les llamaba para infundirles temor al confundirlos, haciéndoles creer que si los deudores no pagaban, las “referencias” debían hacerlo, so pena de ser embargados sus bienes obligándolos a pagar. Una de las medidas más severas en la industria de cobranza mexicana, consistía en ir a cobrarle al deudor en su centro de trabajo, ahí, una vez superados los filtros de vigilancia o del encargado de la entrada (que casi nunca oponían ningún tipo de resistencia) y delante de sus compañeros de oficina era requerido de pago, amenazado, y enterado de que si no pagaba en veinticuatro horas –o en el plazo que se le concediera- aquél cobrador, volvería ahí para repetir la escena de cobro, esta vez, quizá con más arte histriónico.

De igual modo, el acoso se reforzaba llamando sin ningún tipo de respeto a los teléfonos del trabajo del caído en cartera vencida, y se le enteraba del adeudo a quien contestara el teléfono o incluso al mismo jefe. El acoso y la vergüenza, fue tal, en muchos casos que ocasionaban la pérdida de la fuente laboral, ya sea porque el “acosado” renunciaba o porque en su trabajo se les daba la oportunidad de “tomarse unos días para resolver el problema” sin goce de sueldo, y después de haberlo resuelto, se tomaría otro tanto, pero para conseguir un nuevo empleo.

Diversas historias de terror, se vivían, acabando con la tranquilidad, el descanso y las horas de sueño del deudor, y hasta con la propia salud. Al tiempo que, sin querer los amigos, familiares y compañeros de trabajo, se convertían en el eco de las amenazas del cobrador, pues infundían más temor en el deudor, cerrando el “ciclo de la cobranza” al ejercer más presión sobre éste, para orillarlo a que pagara. Aquí debo precisar algo, no es que fuera malo pagar, ¡Al contrario! Pagar es la única solución de quien debe. Pero usted, –si es que ha pasado por algún apuro económico- estará de acuerdo conmigo, en qué no es lo mismo pagar bajo amenazas, con miedo y desconocimiento de nuestros derechos; que, pagar con plena conciencia de nuestra obligación, sí, pero al tanto de nuestros derechos como usuarios de servicios financieros.

Así como de todas las opciones de pago que puedan existir en nuestro beneficio tanto en los plazos como en las cuantías de los pagos; si es el caso de llegar a algún convenio, pedir que este sea a un buen plazo, o bien, de negociar alguna importante Quita si es que optábamos por el pago total del saldo. Una falla muy común de pagar ‘con prisas’ era el no pedir por escrito, el respaldo del acuerdo, esto es, la obligación del banco de que una vez hecho el pago en su totalidad se otorgaría una carta finiquito o estado de cuenta en ceros así como la modificación en las sociedades de información crediticia, como Buró de crédito.

Esto, con la clara consecuencia, después, de tener que hacer aclaraciones al 01800 por no habernos respetado el acuerdo de pago, en donde pasábamos de ejecutivo en ejecutivo sin que nadie nos resolviera nada, (o nos creyera que habíamos pagado) pues rara vez tomábamos la precaución de preguntar el nombre al cobrador; y, en el peor de los casos, hasta de: doble pago. Así, supe de muchas personas que por la desesperación y urgencia de pagar hipotecaron sus casas, y con ellos sus sueldos de por lo menos los próximos quince o veinte años, para reunir exorbitantes sumas de dinero y pagar adeudos de cinco tarjetas de crédito. Cuatro de las cuales, habían solicitado para pagar la primera de esas cinco.

Sí… ¡Cuatro tarjetas al tope para pagar!, porque ante el desconocimiento la solución a la mano, es pedir prestado para seguir pagando, hasta que no es posible más y ya nadie nos presta, entonces nuestra economía ha colapsado. En un intento por regular aquellas prácticas y antes de la Reforma Financiera, le estoy hablando aproximadamente del año dos mil ocho, la Asociación de Profesionales en Cobranza y servicios jurídicos A. C. (APCOB), expidió un Código de Ética que tuvo como finalidad autorregular la actividad de gestión de cobro, firmaron como testigos de aquel catálogo de buenos deseos la Comisión Nacional para la protección y defensa de los usuarios de servicios financieros (Condusef) y la misma Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco).

Ese catálogo contenía –en parte- lo que ahora son las Disposiciones de carácter general aplicables a las entidades financieras en materia de despachos de cobranza, que fueron publicadas en el Diario Oficial de la Federación el 8 de octubre del año 2014 a consecuencia de la Reforma Financiera y a fin de vigilar las “sanas prácticas” en materia de cobranza, estableciéndose sanciones para los infractores a lo ahí dispuesto. Por reseñar algunas de esas disposiciones, existe ahora la obligación del cobrador de identificarse plenamente ante el deudor al momento de hacer la gestión de cobro, hacer dicha gestión en horarios permitidos, conducirse con respeto, respaldar por escrito los acuerdos y convenios de pago, no entenderse con referencias y personas ajenas al deudor, no entenderse con menores de edad o con adultos mayores (salvo que en el segundo caso se trate del deudor), no recibir de manera directa el pago, no enviar escritos que aparenten ser escritos judiciales, éstas y otras más, son las reglas ahora impuestas a la industria de cobranza.

Con las nuevas Disposiciones, y la difusión que se ha dado a las mismas por diversos medios de comunicación, sobre todo de redes sociales y prensa escrita, así como el abordaje de la problemática desde espacios destinados a emitir opiniones y recomendaciones a usuarios de servicios financieros, y hasta en pláticas de café, y reuniones sociales; resulta que se ha ido ‘perdiendo el miedo’ a las técnicas de agentes cobradores, que cada vez han ido cediendo en las palabras empleadas en su argumentación, de qué pasa si no pagas cuando te dicen, de ahí que encontrar sinónimos para “embargo”, “arraigo”, “desalojo” (palabras empleadas en la cobranza extrajudicial) no ha sido el único reto, a enfrentar. Sin embargo, esa indiferencia del deudor, cuando recibe llamados de cobranza por escrito en su domicilio, preocupa al Barzón porque la ciudadanía no tiene elementos para distinguir entre cobranza extrajudicial y cobranza judicial, a su entero perjuicio… continuará.

octubre 13, 2016 / Columna Semanal

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